nota de los editores al #7
Este séptimo número de La pequeña sale a la luz en la penúltima semana de octubre y los fuegos que han venido ardiendo por doquier parece que se hacen incendio forestal—dos guerras y por todos lados esa pulsión autocrática que agobia y que gana adeptos en cada esquina—, y ya los editores ni sabemos para dónde tirar que no sea hacia la literatura, porque es lo que nos toca en este pequeño espacio. La literatura, pues, no porque salve almas, sino por lo que tiene de evidencia humana, de índice de voluntades de su tiempo, de su momento.
Este número surgió de la convocatoria que hicimos para el anterior. Recibimos muchas colaboraciones que nos gustaron, pero entre todas dimos con dos grupos de cuatro textos que parecían conversar entre ellos, que gozaban de una coherencia tan azarosa que decidimos por lanzar dos números y no el único que teníamos planificado, con algunos meses entre sí. Y, así, hoy les ofrecemos tres poetas y una crónica.
Comenzamos con Efe Rosario. Los siete poemas que Efe nos prestó se balancean al filo de una cornisa que se expande al ritmo de los años y las pérdidas. En un inicio, como lectores, no sabemos si estamos ante un suicida, y a medida que nos vamos hundiendo en los versos casi que sentimos el llamado del precipicio, esa voz de vértigo que nos llena de valentía cuando la cobardía es único impulso correcto. ¿Qué hay al fondo? En la última estrofa del primer poema, el poeta nos dice que allí, a lo hondo, el "hábito salvaje", la inconsciencia. Es entonces que nos percatamos que si una pulsión recorre a estos poemas es aquella del auto-control, o al menos el detenimiento. Aquí el poeta se ve viendo al mundo y se insta a la pausa. Como cuando observa, en el tercer poema, su país desde la distancia y está a punto de gritar verso indignado, pero se detiene. O la consciencia de la distancia lo detiene, lo obliga a constatar lo que tiene cerca, el frío, el vecino. La cornisa. Pero el detenimiento, vamos viendo a través de estos poemas, no es virtud en sí mismo. Lo deja hecho "un hombre solo en su siglo / vigilado por fantasmas del orden. / Un hombre solo en su siglo. / Un hombre en su país de pena". El poeta lo sabe, o lo descubre a la misma vez que nosotros, y, en el último poema, que es un solo verso, siete sílabas, le da la espalda a la cornisa, abandona el precipicio: "Crecer es despedirse", nos dice y uno, que sabe que no hay otra verdad, se enluta.
Si los poemas de Efe Rosario, luchan por no sucumbir en el hábito salvaje, para los de Kidany Acevedo Mirana ya es demasiado tarde. La voz poética de Kidany está al fondo del precipicio, viva, y desde el primer poema reconoce que “hoy todo es efecto/--consecuencia--/ mi causa queda remota / habría que desllagar la costumbre para nombrarla / capa por capa / hasta la médula / turbar el primer círculo / profanar el eco / dejar de ser el imbécil”. Aquí el hábito salvaje se ha encarnado, hecho costumbre, y en el proceso ha borrado lo que pudo haber estado allí. Los siguientes poemas intentan o, al menos, consideran iniciar un proceso de recuperación. Pero, este poeta ha recibido todos los golpes que han de recibirse y, a diferencia de lo que nos dicen los profetas de la resiliencia virtual, comprende que jamás se recupera nada, que “para creer en nuestro movimiento / otro debe quedarse quieto / o alejarse / las caídas por si solas no bastan como referencia”. Al rebuscar la herida, “lo único que logra moverse es el miedo que se muda / a una herida / más cerca /de nuestro pecho”.
Ante o desde el precipicio y la caída, la poeta Leiah Luna nos propone otra ética, estética; una que surge ya después de haber atravesado el luto. Cada uno de estos tres poemas nace de verdades a las que la voz poética parece llegar después de años de brega. Doy dos, por no espoilearlo todo: “Hogar es; son / latidos mayormente intercambiables”, nos dice, en el primero. En el segundo, remata: “Es la piel donde se curten las cuentas. / El tiempo, realmente no se mide y con razón repercute cuando en diez te vas de siete.” Pero no todo es sabiduría, no todo es perspectiva lúdica, y en el tercer poema la poeta se voltea y mira los destrozos de lo que ha sido y no puede evitar la pena, el dolor de estar en el presente.
En la crónica, o memoria de Elvin Negron, están contenidos los poemas anteriores. Ahí la cornisa, el fondo del precipicio, y el tentativo después del luto. Con la valentía de quien cree en su oficio, Elvin nos cuenta del terrible verano en que perdió a su hermano mayor, en el que descubrió la fragilidad de todo lo que parece firme y certero. Pero al hacerlo, también nos pone en los zapatos de un hermano menor que mira hacia la altura del primogénito con admiración y que, viéndolo tan cerca del sol y niño al fin, confunde a Ícaro por Supermán.
Agradecemos a Efe, Kidany. Leiah y Elvin por los préstamos, y con ellos la colección de autores que hemos armado en estos pasados años brilla aún más. También agradecemos al fotógrafo Wolfgang Hasselmann, a través de Unsplash, por iluminar los textos.
Sergio y Juanluís
Octubre del 2023